miércoles, 17 de septiembre de 2014

Antihéroes y superhombres

Aquí os adjunto uno de los pocos artículos que me han hecho gracia en la prensa este verano, quitando el reportaje de Pedro Almodóvar en el Cuore, claro. Es un artículo de Jesús Ferrero que se publicó el 23 de agosto en El País.

Antihéroes y superhombres

Existe una teoría tan generalizada como discutible de que la “alta literatura” —la consagrada por los sistemas educativos, el Estado y la cultura— sería revolucionaria y la narrativa popular, reaccionaria

Fue Antonio Gramsci el que dijo que el mito del superhombre no lo había inventado Nietzsche, sino Dumas con El conde de Montecristo. La idea le sirvió a Umberto Eco para desplegar hace algún tiempo su teoría del superhombre de masas y colocar la literatura popular en el ámbito de la subcultura y la consolación. Si la “alta literatura” persigue, como el teatro griego, la catarsis trágica, la literatura popular perseguiría la catarsis plácida, el final feliz, y la convertiría, según Eco, en reaccionaria. Y así nos encontramos con esa teoría tan generalizada de que la “alta literatura” (la consagrada por los sistemas educativos, el Estado y la cultura) sería revolucionaria, y la literatura popular, reaccionaria. Vamos a imaginar que estamos de acuerdo, sí, vamos a imaginarlo, pero para empezar resulta tan disparatado atribuir la creación del mito del superhombre a Dumas como a Nietzsche. El mito del superhombre está ya presente en la antigüedad clásica, y desde entonces nunca ha dejado de frecuentar nuestra cultura.
 Cuando los teóricos hablan de la muerte del héroe y hasta de la muerte del personaje y de las estructuras narrativas (una música serial que empezó hace unos cien años), no se dan cuenta de que están hablando de muertes acontecidas en el territorio específico de la literatura culta, que prácticamente nunca llega a las clases más desprotegidas, ya que, en la literatura popular, el héroe y el personaje no han desaparecido ni es probable que vayan a desaparecer, si bien podrían hacerse cada vez más complejos.
Tendríamos que preguntarnos con absoluta seriedad por qué las clases populares apuestan por la épica e insisten con tanta fuerza en el mito del superhombre. Cabe una respuesta: el problema de los más desfavorecidos es casi siempre el de la supervivencia, sobre todo en épocas de vacas flacas, y van a insistir en su mito más querido, el del superhombre, que es en realidad un mito sobre la “extrema existencia”.
¿No resulta irónico ver que mientras que la “alta literatura” se ocupa desde hace bastante tiempo de la podredumbre del ser, la literatura popular continúa poblándose de superhéroes? La lista de superhombres y supermujeres que ha dado la literatura popular es muy extensa. Desde la antigua Grecia (con sus mismos dioses o con héroes como Heracles o Elena de Troya) hasta los grandes héroes de la Biblia (hombres y mujeres); desde los héroes bíblicos hasta los caballeros de la Edad Media y el Renacimiento; desde los exaltados héroes del Romanticismo hasta los múltiples héroes y superhéroes creados tanto por la novela popular como por el cine y el cómic en todo el siglo XX… Se trata, a menudo, de literatura que sigue las mismas claves estructurales que los mitos; una literatura llena de sucesos, habitualmente más mitológicos que reales (y, en ese sentido, también más abstractos y conceptuales), que, sin embargo, rara vez ha sido considerada un pensamiento, a pesar de que Lévi-Strauss creía que los mitos eran una forma muy concreta de pensar, de modificar y sustentar la realidad, hasta el punto de que los veía como un pensamiento operativo (que actúa sobre lo real), en las antípodas de un pensamiento inoperante que ya solo se dedica a contemplar su propio humo. Por lo demás, la teoría de Eco sobre el superhombre de masas está llena de contradicciones: por una parte dice que los mitos son reaccionarios, y por otra asegura que el mito de Edipo es revolucionario. ¿En qué quedamos? ¿No sería más correcto decir que en mitología, como en cualquier otro ámbito, encontramos relatos reaccionarios y revolucionarios?
Desde sus comienzos, la mitología popular huye de los planteamientos sin salida, de modo que el contraste no puede ser más brutal: a este lado del muro, los antihéroes medio desvanecidos, los infinitos monólogos interiores, las infinitas dudas y vacilaciones, la intertextualidad, la metaliteratura, la deconstrucción, la demolición; y al otro lado del muro, los superhombres y las supermujeres enfrentándose a la perversidad, sin pensar demasiado en lo que hacen. ¿El exceso de trabajo les impide filosofar?
Pero hagamos un poco de memoria: el reino de la imprenta coincide con el reino de la burguesía. Durante los cinco siglos de imperio de la imprenta, la burguesía fue fraguando su pensamiento filosófico y literario, y fue publicando y sacralizando a una serie de autores que en realidad conforman la historia de la literatura de cada país. Se quiere con ello decir que todo lo que hasta ahora se ha considerado la historia de nuestras literaturas sigue un código de clase, como no podía ser de otra manera.
En el Renacimiento, la literatura divulgada por la imprenta rezuma optimismo. Una clase social está tomando por primera vez conciencia de su poder y es una clase de espíritu laico, a diferencia de la aristocracia. La literatura exhibe en esa época el ímpetu feliz, expansivo y radiante de la burguesía naciente. Es la primera gran fiesta de los burgueses. Otro gran momento fue la Ilustración, que muestra por primera vez en la historia el verdadero pensamiento burgués en todo su esplendor: la burguesía tiene muy claras las cosas, y ya solo le queda el asalto al poder. Parte de lo que ha conseguido, y muy especialmente lo que se podría llamar toma de conciencia, ha sido a través de la imprenta. Demos un salto abismal hasta el simbolismo, cuando resurge el tema, ya frecuentado por el barroco, de la podredumbre del ser, de la angustia, de la desesperación, de la descomposición integral del alma, de la discontinuidad, de la decadencia, de los caminos sin salida, de la abolición de la esperanza. Esa música cada vez más repetitiva estalla con Baudelaire y Rimbaud, y continúa a su manera con los grandes novelistas de entreguerras, el surrealismo, el existencialismo, y mucha de la “alta literatura” que se ha publicado desde entonces. Se trata de un viaje que recupera la herencia más escatológica del barroco y que en algunos autores adquiere la forma de fasto verbal. Si me analizo a mí mismo (este verano estoy releyendo Ulises: un superhéroe clásico que en Joyce se convierte en un antihéroe que nunca abandona su Ítaca y que además es cornudo) creo que he estado a menudo más cerca de la tradición de la modernidad que de la otra, por más que sospeche que buena parte de lo que se entiende por literatura de la modernidad es una derivación del barroco, mucho más vinculada a Tánatos que a Eros. No podemos olvidar que el tema de la podredumbre del ser en su versión más moderna coincide con la decadencia real de la burguesía, narrada en la primera novela de Thomas Mann. ¿Y si a través de sus autores lo único que ha estado narrando en los dos últimos tiempos la clase dominante ha sido su propia podredumbre, confundiéndola con la podredumbre de la humanidad? Pero la burguesía, esa gran clase que deja tras ella un legado inmenso y parcialmente perdurable, puede que ni siquiera sea ya podredumbre y haya sido sustituida por una especie de crematocracia internacional de nuevo cuño, mucho más inculta y despiadada que la clase que le antecedió en el gobierno del mundo.
Y mientras tanto, ¿qué leen “los de abajo”? Pues leían y leen autores que rara vez salen en las historias de la literatura y consumen una narrativa que para bien o para mal está en las antípodas de la descomposición del alma, una narrativa que se dedica a cultivar, con una insistencia absolutamente heroica que no conoce el desmayo, los mitos del superhombre y la supermujer. ¡No me digan que no es para asombrarse ante semejante disyuntiva filosófica: una de las corrientes busca desde hace tiempo la nada, y la otra no ha dejado nunca de buscar el ser!

lunes, 15 de septiembre de 2014

No eres tú, soy yo


• Todavía con jaqueca después de aceptar el reto del cubo de hielo de la ELA. Ya sé que no es excusa para tanta ausencia veraniega, pero es que cuando a uno se le congelan los occipitales, se plantea muchas cosas. Entre ellas, si hacerse el boyzilian o no. No me gusta hablar de higiene íntima, así que sólo diré una cosa: vuelve el talco. Desgraciadamente no es lo único que vuelve. También vuelve el rosa puñeta. Que no sé si se llama así por lo difícil de combinar que es con el rojo o por la intención puñetera de evitar el germanismo del fucsia.

• Pero basta de frivolidad, que esto empieza a parecer el Cazamariposas. Hablemos de algo serio: a pesar de los rumores que corren por el cibertedero, no voy a abandonar esta tribuna. He estado tentado de cambiarle el nombre, eso sí. En esta ciudad con tendencia a alargar las denominaciones (la Pasarela Cibeles Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, el Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas…), había pensado en algo así como Champán y Zumo de Naranja es el Nuevo Negro, pero al final me he contenido, vaya a llenárseme esto de lesbianas.

• Este agosto pensé que sufría ataque de nomofobia. No es que no me gusten los gnomos, es la fobia de estar sin móvil. Después de mucha terapia, he duplicado el número de horas que lo dejo en casa. Digamos que he pasado del síndrome de la vibración fantasma (cuando piensas que tienes un mensaje y es mentira) al síndrome del repelús de pensar que me escriba algún fantasma de esos que conozco de noche.

• Porque mi nuevo lema es bros before hos (lo colegas antes que las putillas). Por lo menos hasta que encuentre a ese “hombre calladito con una madre de armas tomar que no le tenga miedo a las mujeres con carácter”, como dice Jane Fonda

• Aunque este verano, si pasará a la historia por algo, es porque fue el verano que murió Lauren Bacall.

• Es pensarlo y tengo que ponerme un Whisky Sour.

martes, 2 de septiembre de 2014

Veraniega

Uff, esto está más abandonado que el blog de Paula Echevarría... Aquí os dejo música para una noche de verano. También podéis seguirme directamente en Spotify escribiendo en el campo de búsqueda principal spotify:user:vilespill.

viernes, 25 de julio de 2014

El verano que nunca llegó

Las flores de la corona que llevabas en el pelo también murieron. Recuerdo aquel sentimiento inmortal, aquellas noches en que pensé que cuando llegara el verano, todo cambiaría, pero el verano nunca llegó. Nada salió como lo planeé, ahora siento como si la vida se me escurriera entre los dedos, estas son las palabras que nunca pensé que diría, intento no sentirlo como un fracaso, puede que todo estuviera boicoteado desde el principio, pero lo cierto es que el verano nunca llegó.

Como seguís insistiéndome con las listas, aquí os incluyo una de mis favoritas, como buen nostálgico.

Qué pasó con…

* El sleeper del verano. Esa película que poco a poco marcaba su territorio en la sala 6 de los cines desde su estreno en enero y aguantaba hasta el curso siguiente. Supongo que en el año en el que el “me las quitan de las manos” se ha convertido en la solución a la crisis del cine, el sleeper, que viene a ser las bragas de lunaritos de la cartelera, habrá que buscarlo en los algoritmos de facebook.

* El cóctel del verano. La palabra verano lo mata todo, especialmente los líquidos. El de este año es campari con ginebra, con más ginebra que campari. No tiene nombre.

* La canción del verano. En la época del streaming, la canción del verano debería ser la más democráctica, banal y fácil de calcular que nunca, aunque me da a mí que no hay nada como la dictadura de un dj borracho enamorado. Mi canción del verano este año es, sin duda, Ancora Tu, de Roisin Murphy: Ma lasciarti non è possibile!!!

* El posado del verano. No sé si os habéis dado cuenta, pero este año no he hablado de dietas, pero es que llamar ebriorexia a la combinación de alcoholismo, bulimia y anorexia me ha dolido en lo más profundo. Esa dieta lleva mi nombre escrito all over it!!!

* El polo del verano. El mayor understatement sexual de la historia. No quiero convertirme en uno de esos fetichistas del Frigopie, así que como estoy retirada, me quedo con un clásico del autoplacer, la nata montada de Casa Mira.

* La terraza de verano. Hay algo inequívocamente hortera-de-provincias en pedirse un gintónic Premium en una terraza de verano en el penthouse de un hotel y decididamente hetero-madrileño-que-trabaja-en-agencia-de-publicidad en pedirse una cerveza en un chiringuito en una cala. No, la solución no es ponerse ciego de poppers en el humeante asfalto de agosto en la ciudad. Tiene que haber algo más.

* El amor del verano. El primero que consiguió separarse del sexo, porque tenía algo de aire fresco, voluble y desechable, como un abanico de usar y tirar, de promesa de pies en la arena y futuro de souvenir. Yo ya no sé dónde buscarlo.

* Las fotos del verano. Lo único que no se ha perdido. No sé si os habéis dado cuenta, pero facebook es como un año entero de aguantar sesiones de fotos de vacaciones de la gente. Y comentadas. Perezzzza.


sábado, 19 de julio de 2014

El genio me robó el trueno, pero yo le robé la pulmonía

Con el calorín que hace esta semana, no he tenido más remedio que tragarme mi orgullo, je dirais même plus, mi bochorno, después del flop de las fiestas musculocas de este año, y colarme en la Apple Store poniendo cara de Pedro Sánchez después de un gatillazo en Moratalaz, para poder trabajar con aire acondicionado. Lo más duro es conseguir taburete. Luego te vas a la mesa de los portátiles y, dismulando, deslizas el tuyo como si fuera uno de exposición y te pones a escribir. Aquí estoy, disfrutando de la ventisca del lugar, que para algo lo llamaban antiguamente el “café pulmonía”, por las corrientes de aire que provocaban sus 16 puertas.



Ante el aluvión de peticiones que he recibido en este blog, voy a proponer una lista veraniega de lo que se lleva y lo que no, que sé que las echabais de menos:

Se lleva

1. Llevar gafas de sol dentro de la piscina, en el agua, me refiero, debe ser algo importado de les illes.

2. Mojar el dedito en MDMA. La coca está acabada y la droga caníbal no existe. Esa gente mordía antes de tomarla.

3. El peinado de casco con raya al lado y muy largo por arriba.

4. Las camisas de flores (por fin). Yo siempre he tenido complejo de Stella Dallas pero, con los años, estoy empezando a pensar que los estampados son el menor de mis problemas con los hombres (cuando no es actor porno, frecuenta bares de sexo que harían ruborizar a una practicante de mamading).

5. Hablar de la casta en las cenas.

6. Llamar niki al polo. Es como antiguamente se llamaban. Viene de Alemania, de los primeros que mandaron los emigrantes aquí.

7. Las comedias románticas con cáncer y autoayuda. El amor sólo tiene sentido ante la enfermedad y aún así necesita un poco de esoterismo.

No se lleva

1. Publicar las fotos de la cuenta del restaurante en TripAdvisor o en las redes sociales. Una ordinariez.

2. La canción Happy de Pharrell. Después del chupinazo, absolutamente prohibido tararear esta canción. Y menos con gafas de sol. Salvo que tengas menos de 10 años.

3. Las herencias. Después de ver You’re next, entiendo que Sting haya desheredado a su progenie.

4. Las camisetas de flores. A menos que quieras parecer un dependiente hipster de Pull&Bear o un aspirante marica a Quiere casarse con mi hijo o lleves un peinado de casco con raya al lado y muy largo por arriba con barba larga.

5. Hablar de series en las cenas. Get a life!!!

6. La moda normcore. A mí que me dejen, pero ni ciega de MDMA me pongo algo de Alcampo.

7. El orgullo. De verdad, qué bochorno este año…

Oops, creo que un genio de Apple me está mirando vexativamente, como dicen los catalanes. Abortar, abortar…

martes, 15 de julio de 2014

¿Plagio o carnaza?

Hace tiempo que no hablaba de plagio, carnaza y esparadrapo en este blog. La verdad es que no sé bien bien de qué hablo últimamente. ¿Por qué dejé de hablar de cine clásico? Blame it on the Yomvi, I guess. ¿Por qué sigo hablando de bovarismo? Supongo que porque a nadie le interesa.

El caso es que anoche di con este documental sobre las ventajas de ser un plagiador. Sospechaba lo de Tarantio, pero vamos, tanto tampoco. Os lo recomiendo forzosamente.

Everything is a Remix from Cinépata on Vimeo.

jueves, 3 de julio de 2014

Capitalismo bananero

La bandera negra con la manzana mordida que ondea en la Puerta del Sol me recuerda a la bandera del barco pirata de los clicks de Famobil que, para quien no lo sepa, son unos muñecos desmontables originarios de Alemania que sólo podían hacer el saludo nazi con el brazo. Los niños que soñaban con tener el barco pirata de los clicks en los ochenta son los hombres que se compran hoy la gama completa de productos Apple. No importan las limitaciones de compatibilidad, el coñazo de iTunes o que se pasen por el forro los derechos del consumidor (como el periodo de prueba antes de cambiar un producto). Es como intentar explicarle a un niño que un juguete es sexista o violento, no atiende a razones. Incluso a los exApple, exfanáticos de la manzana que la dejaron: 1) por early adopters de las pantallas gigantes de Android, 2) porque las chonis empezaron a llevar iPhone, 3) por llevar varios teléfonos robados y/o perdidos, incluso a ellos, digo, les invade un reconcomillo cuando se despiertan en medio de la noche pensando en la depuración de líneas, el juego de blancos y negros, en definitiva, el minimalismo californiano de la marca. O reconcomio, como lo llama el RAE.

Ayer por fin entré en la Apple Store, en lo que fue en su día el mítico Hotel París (en cuyo bajo estaba el Café de la Montaña, donde Valle-Inclán se quedó manco) o mucho antes la Iglesia del Buen Suceso (donde estaba antiguamente el reloj de Gobernación, i.e, el de las uvas). Llegué esgrimiendo una botella de agua, en homenaje a Valle, pero una vez dentro, entre Managers, Market Leaders, Business Leaders y demás eslabones de la burocracia appleliana, empecé a temer por mi brazo. Para empezar, no hay cajas para pagar. Es tan absurdo como esas casas donde esconden la tele dentro de un mueble para que no se vea. Todo se gestiona con tabletas y minidatáfonos, no hay mostradores, las bolsas salen de cajones escondidos y las facturas, de impresoras camufladas debajo de las mesas. El resultado, unas esperas eternas de gente que no sabe dónde ponerse mientras espera a que le bajen el producto y se cuestiona su afiliación al partido, digo a la marca.

A mí me atendió una chica anoréxica con un uniforme horrible que parecía que se había tomado un tripi empapado en el Vademecum de Steve Jobs, de esa gente que lo intenta demasiado y, por demasiado, entiéndase hasta lo indecible. Mientras me explicaba las aplicaciones del AppleTV, me miraba con cara de oficial de la Stasi, como diciendo: seguro que no has pagado ni una canción del iTunes en tu vida. Me dieron ganas de replicarle: ¿y usted que entiende de eso, majadera?, pero no creo que hubiera pillado la referencia, así que le espeté en inglés: “stay hungry, stay foolish” y salí corriendo.

Ya en la plaza, me encaminé a mis grandes almacenes favoritos donde se mantiene la jerarquía fordiana del trabajo y no parece que estás en una guardería rodeado de niños con problemas de ADHD. Que sí, que el dinero sigue yendo a Tim Cook y sus secuaces, pero por lo menos en El Corte Inglés no se les ocurriría llamar genios a ninguno de sus empleados.

2017: tibio y desafecto

Ay, que ya nadie se acuerda de 2017. Aquí va mi resumen: Lo mejor del año  * La frase de "Juego de Tronos": “Maybe it real...