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jueves, 5 de febrero de 2009

Doblete

Becky, cariño, nos estamos convirtiendo en dos teatreras de pronóstico.

El sábado fuimos a ver “La noche de San Juan”, de Lope de Vega, por la Compañía de Teatro Clásico. Se trata de una obra de teatro de corte, un encargo del Conde-Duque de Olivares para divertimento de Felipe IV. Es una comedia ligera, con confusión de parejas, aunque sin sueño como la del Bardo. La de Lope es una noche en vela, como corresponde a nuestra tradición trasnochadora, en la que unos jóvenes se pierden por las calles de Madrid. Yo eché en falta un poco más de magia, que es lo que promete una noche de San Juan. Yolanda Pallín la ha ambientado en el s.XIX, me pareció entender por el vestuario, supongo que para fomentar el aspecto urbano de la trama, aunque este tipo de versiones despistan un poco: de repente añaden un beso que no está en el original, cambian una frase machista (Somos vuestras) por otra feminista (Somos nuestras propias dueñas), no sé, preferiría que no las tocaran tanto. Es cierto que el público lo agradece porque son más amenas, pero insisto, despista, sobre todo cuando no es una obra conocida. Las interpretaciones están muy bien, en especial Eva Rufo. Luego estuvimos tomando unas cañas y departiendo con los actores de la obra en el café al lado del Pavón.


El domingo, “El dúo de la Africana”, de Lluïsa Cunillé y Xavier Albertí, basada en una zarzuela de Caballero y Echegaray, “una creación de cómo podría haber llegado a ser la zarzuela hoy, en este país, si hubiera continuado la evolución artística que se vio interrumpida por el largo paréntesis de la Guerra Civil y los 40 años de franquismo”. No puedo con el Teatre Lliure, me encanta. ¿Se puede ser más cool? El María Guerrero es además el teatro más bonito de Madrid. El argumento trata de una compañía de zarzuela catalana que viaja a las colonias, a Nueva Peñaranda, a representar una ópera, La Africana, y se topan con la mujer del gobernador (divina) y la revolución. El empresario, Don Querubín, que habla todo el rato en italiano con acento catalán, es una especie de Mel Brooks en Los productores. Su mujer, la soprano sevillana (María Hinojosa, espectacular) está enamorada del tenor maño. Y su hija quiere ser una vampiresa internacional. Qué gran oficio. La primera parte, la introducción, más floja que la segunda, donde prima la zarzuela, pero igual de necesaria. El público, frío en los aplausos. No merecían eso en un espectáculo cantado. Qué ganas de ver La corte del faraón.


Me encanta el cartel, de Sean Mackaoui, como todos los del Centro Dramático Nacional.


martes, 17 de junio de 2008

Después de mí, el diluvio

Reflexión en la sala pequeña del teatro Valle Inclán sobre el oficio de traductor e intérprete en el best-case scenario, aquel donde no traiciona y es absolutamente fiel al original. Vicky Peña interpreta a una intérprete (sin redundancia) en el Congo que se va transmutando a medida que avanza el texto en el campesino al que está interpretando. El texto es de Lluïsa Cunillé. Para mi gusto tiene algunos fallos. El campesino quiere regalarle su hijo de 18 años a un hombre de negocios europeo para que aprenda de él, para lo cual se pasa un buen rato contándole a través de la intérprete (convertido en ella, como cuando Patrick Swayze se mete en el cuerpo de Whoopi Goldberg en Ghost) las virtudes y vicisitudes de la vida del hijo. Al final, cuando por fin convence al otro (spoiler para los que quieran verla), resulta que el hijo no existe, que se ha inventado toda una vida de penurias de un hijo que murió de malaria a los 3 años para que el hombre de negocios recuerde al hijo. Yo, que siempre he creído en los amigos imaginarios, sé que cuando se confirma eso, que son imaginarios, dejan de existir. Por lo tanto, si el hombre quiere dejar constancia de que no quiere ser el único que recuerde a su hijo, se lo cuenta al público, pero no al hombre de negocios, porque de esa tarde, a éste, sólo le quedará el recuerdo de un hombre desesperado por el recuerdo de un hijo.

Sobre las relaciones del primer y el tercer mundo, y sobre la transparencia y la vacuidad de un oficio, el de traductor e intérprete, que hace de médium indolente, divorciada (Après moi, le déleuge, le dijo su marido cuando la dejó), retirada en un hotel de Kinshasa del que no recuerda cuándo salió por última vez, todas las tardes tomando el sol by the pool.

Lluïsa, cariño, en África, donde la cultura se ha transmitido siempre de forma oral, se dice que cuando muere un anciano es como si quemaran una biblioteca. En Europa, cuando muere un traductor e intérprete, es como si quemaran un mal diccionario.

Me pasa como a Amanda Gris en La Flor de Mi Secreto, que intento que este blog me salga rosa, pero me acaba quedando negro.




2017: tibio y desafecto

Ay, que ya nadie se acuerda de 2017. Aquí va mi resumen: Lo mejor del año  * La frase de "Juego de Tronos": “Maybe it real...