Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
lunes, 29 de septiembre de 2008
viernes, 26 de septiembre de 2008
jueves, 25 de septiembre de 2008
He visto a Beyoncé en el Burger King...
y estaba comiendo... eso es lo que dice la canción más divertida del año.
(Me encanta cuando dice lo de SHE WAS WHAT? OH)
Cazwell es una moderna de N.Y., amiga de Amanda Lepore, que sale en su primer vídeo (All over your face), pero este es el de la fiesta de su cumpleaños, con 150 whoppers.
(Me encanta cuando dice lo de SHE WAS WHAT? OH)
Cazwell es una moderna de N.Y., amiga de Amanda Lepore, que sale en su primer vídeo (All over your face), pero este es el de la fiesta de su cumpleaños, con 150 whoppers.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Vicky Cristina Barcelona
Antes de ver la película pensé: intelectualmente nula, penélope divina, barcelona tópica... Woody se ríe de los estereotipos mediterráneos y americanos a la vez...
Al verla, te das cuenta de que esta película es mucho más, es todo un reto al asunto de la barrera lingüística. La barrera lingüística es un tema que siempre me ha fascinado. Por ejemplo, por qué la canción “Waiting for tonight” de Jennifer López me gusta mucho más que “Una noche más” de Jennifer López. Por qué una película parece mucho más interesante cuando la ves en V.O. que cuando la ves en original, aparte de por la interpretación, por los propios diálogos. Por no hablar de las malas traducciones literarias.
Por qué se pierde tanto en la traducción y se gana tanto con esa barrera.
Pero esta película no se salva ni con la barrera, o quizás sea una víctima más de esa barrera.
Para empezar está el tema de los guiris. Los guiris siempre se han ridiculizado en nuestro país, siempre parecen tontos. La primera media hora de la película da fe de ello. ¿Por qué el papel de Scarlett Johansson no se parece nada al que interpretó en Match Point, cuando es una chica en paro, que no sabe qué hacer con su vida, a la que le mola el chulo de turno?
Es cierto que el chulo en este caso es mucho más plano que el que interpretaba Jonathan Rhys Meyer. No es sólo que Bardem no sea santo de mi devoción, es que parece que tampoco lo es de Woody, que le ha dado un papel como para estrellarse en avioneta. Su forma de abordar a las dos chicas en el restaurante lo descalifica para el resto de la película.
Pero, ¿por qué salen tantos turistas en Barcelona y cuando rueda en Nueva York no sale ninguno, y eso que en N.Y. hay muchos más turistas que en Barna? Parece que Woody quiere vengarse, no sólo de Bardem, sino de Barcelona, y convertirla en esa postal de dragón de Parc Güell, en esa ciudad que el Ajuntament se esfuerza en vender no ya como la millor botiga del món, que es muy noventa, sino como la millor ciutat sostenible del món (dientes, dientes, que es lo que duele), aunque luego sus habitantes no hagan más que quejarse de ese parque temático-set de película en el que se ha convertido su ciudad.
En cuanto a Penélope, qué decir. Que es lo mejor de la película, lo cual no es mucho, porque es su típica interpretación chillona, ordinaria, que borda, pero que recuerda a Carne trémula, Volver y No te muevas. Que le da la risa en una de las escenas improvisadas y ni siquiera se han molestado en cortarla. Su relación con Bardem me ha recordado a la de Max Von Sydow y Barbara Hershey en Hanna y Sus Hermanas, pero nada que ver. ¿Por qué, por la barrera lingüística? Creo que no, el mundillo del artisteo está fatal retratado. Su crítica del consumismo americano es patética. Su visión de la pasión latina es peor que la del vídeo de Jennifer de Ain’t It Funny.
Por no hablar del concierto de guitarra española en Oviedo, aparte de poco creíble (cari, Oviedo no es Sevilla), puro plagio del concierto de Caetano Veloso en Hable con ella, con Bardem-Darío Grandinetti llorando de emoción; del pésimo vestuario hippy-chic trasnochado; de las fotos de Penélope en plan campaña de Mango; o de ese disparo en la mano de Rebecca, que la devuelve a la realidad del despropósito en el que está metida (en la ficción y en la no ficción).
Lástima porque, aunque sea un argumento simplón, tiene un puntito Rohmer que podía haber quedado bien con otro enfoque. Curioso que Woody, al que a veces se ha comparado con Rohmer por hacer un cine donde se habla mucho, haya perdido tanto fuste. Con lo bien que utilizó la voz en off en Hanna y Sus Hermanas (una voz en off múltiple, en plan Mi desconfiada esposa, ahora que lo pienso), y lo redundante que resulta en esta película.
Lo que me ha gustado: la canción de Giulia y los Tellarini, la escena en la que Bardem le explica a Scarlett por qué se tiene que quedar Penélope a vivir en su casa, la imagen de la cocina con la cafetera italiana y el cazo con la leche hirviendo bozando, que la veo muy española, y esas plazas y esas terrazas de esa ciudad que adoro y que, para mi gusto, nunca ha estado mejor retratada que en Todo sobre mi madre (Pedro, haces bien en no rodar en los States).
Al verla, te das cuenta de que esta película es mucho más, es todo un reto al asunto de la barrera lingüística. La barrera lingüística es un tema que siempre me ha fascinado. Por ejemplo, por qué la canción “Waiting for tonight” de Jennifer López me gusta mucho más que “Una noche más” de Jennifer López. Por qué una película parece mucho más interesante cuando la ves en V.O. que cuando la ves en original, aparte de por la interpretación, por los propios diálogos. Por no hablar de las malas traducciones literarias.
Por qué se pierde tanto en la traducción y se gana tanto con esa barrera.
Pero esta película no se salva ni con la barrera, o quizás sea una víctima más de esa barrera.
Para empezar está el tema de los guiris. Los guiris siempre se han ridiculizado en nuestro país, siempre parecen tontos. La primera media hora de la película da fe de ello. ¿Por qué el papel de Scarlett Johansson no se parece nada al que interpretó en Match Point, cuando es una chica en paro, que no sabe qué hacer con su vida, a la que le mola el chulo de turno?
Es cierto que el chulo en este caso es mucho más plano que el que interpretaba Jonathan Rhys Meyer. No es sólo que Bardem no sea santo de mi devoción, es que parece que tampoco lo es de Woody, que le ha dado un papel como para estrellarse en avioneta. Su forma de abordar a las dos chicas en el restaurante lo descalifica para el resto de la película.
Pero, ¿por qué salen tantos turistas en Barcelona y cuando rueda en Nueva York no sale ninguno, y eso que en N.Y. hay muchos más turistas que en Barna? Parece que Woody quiere vengarse, no sólo de Bardem, sino de Barcelona, y convertirla en esa postal de dragón de Parc Güell, en esa ciudad que el Ajuntament se esfuerza en vender no ya como la millor botiga del món, que es muy noventa, sino como la millor ciutat sostenible del món (dientes, dientes, que es lo que duele), aunque luego sus habitantes no hagan más que quejarse de ese parque temático-set de película en el que se ha convertido su ciudad.
En cuanto a Penélope, qué decir. Que es lo mejor de la película, lo cual no es mucho, porque es su típica interpretación chillona, ordinaria, que borda, pero que recuerda a Carne trémula, Volver y No te muevas. Que le da la risa en una de las escenas improvisadas y ni siquiera se han molestado en cortarla. Su relación con Bardem me ha recordado a la de Max Von Sydow y Barbara Hershey en Hanna y Sus Hermanas, pero nada que ver. ¿Por qué, por la barrera lingüística? Creo que no, el mundillo del artisteo está fatal retratado. Su crítica del consumismo americano es patética. Su visión de la pasión latina es peor que la del vídeo de Jennifer de Ain’t It Funny.
Por no hablar del concierto de guitarra española en Oviedo, aparte de poco creíble (cari, Oviedo no es Sevilla), puro plagio del concierto de Caetano Veloso en Hable con ella, con Bardem-Darío Grandinetti llorando de emoción; del pésimo vestuario hippy-chic trasnochado; de las fotos de Penélope en plan campaña de Mango; o de ese disparo en la mano de Rebecca, que la devuelve a la realidad del despropósito en el que está metida (en la ficción y en la no ficción).
Lástima porque, aunque sea un argumento simplón, tiene un puntito Rohmer que podía haber quedado bien con otro enfoque. Curioso que Woody, al que a veces se ha comparado con Rohmer por hacer un cine donde se habla mucho, haya perdido tanto fuste. Con lo bien que utilizó la voz en off en Hanna y Sus Hermanas (una voz en off múltiple, en plan Mi desconfiada esposa, ahora que lo pienso), y lo redundante que resulta en esta película.
Lo que me ha gustado: la canción de Giulia y los Tellarini, la escena en la que Bardem le explica a Scarlett por qué se tiene que quedar Penélope a vivir en su casa, la imagen de la cocina con la cafetera italiana y el cazo con la leche hirviendo bozando, que la veo muy española, y esas plazas y esas terrazas de esa ciudad que adoro y que, para mi gusto, nunca ha estado mejor retratada que en Todo sobre mi madre (Pedro, haces bien en no rodar en los States).
lunes, 22 de septiembre de 2008
Mi desconfiada esposa
ALTA COMEDIA en mayúsculas que ni siquiera está editada en dvd (Designing Woman, de Vicente Minelli). Absolutamente imprescindible. Con un diseño de vestuario espectacular, un argumento delicioso y una Lauren Bacall de morirse. Qué voz tiene esta mujer. Y qué charm. Este es el modelito que se pone para recibir a sus amigos, gente de la farándula, que vienen a casa a leer una obra, mientras los amigos del marido tienen reunión de póquer en la sala de al lado. Atención al pastel de queso relleno de jamón que ha hecho la asistenta para el marido y los amigos en lugar de los sándwiches de rigor.

HIGH STYLE en mayúsculas. Se cambia 9 veces de modelito al día. Vive en un piso con librea en la calle 76. Y se ha casado con un periodista deportivo que es todo lo opuesto a ella. “¿Por qué no soportas la visión de la sangre en nadie, excepto en mí?”, le espeta él en un momento cuando las cosas empiezan a complicarse. Aquí incluyo la parte del romance, cuando se conocen. Atención al minuto 6, cuando después de casarse en California, de vuelta en el avión a Nueva York, Lauren se dirige al lavabo antes de aterrizar y se cambia de ropa, y Gregory Peck se da cuenta entonces que no se ha casado con alguien que viva en una one-room-kitchenette compartiendo piso con una estudiante de música.

HIGH STYLE en mayúsculas. Se cambia 9 veces de modelito al día. Vive en un piso con librea en la calle 76. Y se ha casado con un periodista deportivo que es todo lo opuesto a ella. “¿Por qué no soportas la visión de la sangre en nadie, excepto en mí?”, le espeta él en un momento cuando las cosas empiezan a complicarse. Aquí incluyo la parte del romance, cuando se conocen. Atención al minuto 6, cuando después de casarse en California, de vuelta en el avión a Nueva York, Lauren se dirige al lavabo antes de aterrizar y se cambia de ropa, y Gregory Peck se da cuenta entonces que no se ha casado con alguien que viva en una one-room-kitchenette compartiendo piso con una estudiante de música.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Madonna en concierto (el corazón que a Triana va, nunca volverá)

A favor
Por Paco Mérselo
Muy buena la crítica de El País cuando dice que hubo algo enternecedor en el concierto cuando los fans se comportaron como quien sabe que va a recibir una fiesta sorpresa por su cumpleaños y aún así finge asombro.
Todos con los que yo hablé, desde el que llevaba desde las 8:00 de la mañana en la cola Hot Ticket, hasta el que llegó tarde porque ya la había visto en Roma hace quince días, conocían el orden de las canciones de memoria, habían visto algunas en Youtube, sabían cuáles eran en playback y cuáles no, y aún así, no tuvieron que fingir pasárselo bien, sólo asombro. Es lo que tenemos la generación 2.0, que somos complacientes a la par que solícitos. Y así puede resumirse un concierto que ofreció muchos momentos propensos a complacer.
Desde la obertura, con Candy Machine, esa fantástica intro animada, seguida de Candy Shop, donde por fin aparece Madonna subida en su trono como una niña dispuesta a repartir caramelos (I’ve got candy galore) a todos los invitados a su fiesta. Porque, sin ánimo de desmerecer a El País, parecía más el cumpleaños de ella que el nuestro. Nosotros éramos los invitados (sobre todo yo, Juanfra, ya te contaré mi off-concert) al cumpleaños de la chica más popular del universo, que siempre hace la misma fiesta, pero nos encanta. Nos encantó ese arranque de abróchense los cinturones, con Beat goes on, Human Nature, Vogue. Mientras los no-fans comentaban lo bien que se conserva y lo mucho que se mueve, nosotros, los del amor incondicional, no podíamos dejar de saltar.
Todavía sin recuperar el aliento, continúan Intro the Groove (un homenaje al metro de Nueva York y a los ochenta), Borderline (a la guitarra, me encanta cuando Madonna coge la guitarra) y She’s not me (un autohomenaje muy merecido). Se oye la melodía del Here Comes the Rain de Eurythmics, que engarza con un interlude de Rain y después Devil wouldn’t recognize you, subida en un piano rodeada de un halo de leds. ESPECTACULAR. Le perdonas la tontería de Spanish Lessons, porque borda La Isla Bonita, y cuando llega You must love, quiero llorar de emoción.
Después de un magnífico vídeomontaje con la base de Beat goes on (yo iría a un concierto donde sólo pusieran vídeomontajes de Madonna todo el tiempo si son como éste, no sólo me da igual el playback, me da igual que esté ella in the flesh), llega el esperado Four Minutes, con imágenes multiplicadas de Justin Timberlake, en un velado homenaje a La Dama de Shangai, y el HIGH POINT de la noche: un Like a Prayer maquinero mezclado con el Don’t you want me de Felix. El resto son bises sin serlo: Ray of Light y Hung Up. Y la última un Give it to me versión house. Dame más, Madonna, the Game is not over.

En contra
Por Paca Garse
Madonna, la otrora reina de las tendencias y creadora de estilos nunca ha parecido ir más de mercadillo. Una vergüenza. Mucho traje de Givenchy, zapatos de Miu Miu, botas de Stella McCartney, gafas de sol de Moschino, además de otros diseños y detalles de Yves Saint Laurent, Roberto Cavalli o Jeremy Scout, pero esta vez no te has salvado, bonita. Estás atrapada en las medias de rejilla, los shorts y la bota alta. Por no hablar de la última peluca con gafas de nerd.
Su banda, vestida de Tom Ford, iba más mona, pero vamos, en cualquier bareto de Hell’s Kitchen encuentras mejores bailarines. Nada que se pareciera remotamente al momento Jump de la anterior gira. Los dos que se ponen a hacer body pump en el cuadrilátero definen la media de los bailes de la noche. De pena.
En cuanto aparece la intro, Candy Machine, con unos caramelos de dibujos animados en plan manga, te das cuenta que el concierto (que está dividido en cuatro partes) va a ser más una parodia que otra cosa. Porque vamos, llamar a la primera Pimp (Art Decó en los años 20) porque sale un coche blanco vintage (pimp en inglés hace referencia a chulo –de putas– y a tunear), me parece que debería haberse llamado más bien Pitorreo. ¿A quién se le ocurre meter la mejor canción de su último disco, Beat goes on, la segunda en el concierto? Qué poco arte. Y lo de las proyecciones de Pharrell Williams, Kanye West y Justin, era como de disco homenaje a Nat King Cole. La proyección de Britney no, la de Britney era directamente como de reportaje de Raquel Mosquera en el Tomate. Se supone que lo mejor de esta parte era el Vogue, que hasta ahora siempre había hecho en playback en todos sus conciertos. No voy a entrar en polémicas de si era un semi-playback, una versión especial grabada para el concierto para que pareciera directo, o qué, simplemente que no me gustó la versión.
La segunda parte, la Old School, era un homenaje a sus propios orígenes y hasta ahí bien. Ella forma parte de ese N.Y. de los ochenta, como bien ilustra la escena del Into the Groove en Buscando a Susan Desesperadamente. Y es cierto que conoció a Keith Haring. Pero no me parece bonito que utilice ahora en Into the Groove los muñecos de Haring de la lucha contra el sida en plan Parvulario, que es como debería haberse llamado esta parte del concierto. En el Red, Hot and Blue estaban bien utilizados. Aquí, no. Luego una versión del She’s not me vergonzante, con cuatro chicas vestidas con modelitos de etapas antiguas de ella (Open Your Heart, Material Girl, etc) a las que les rompe la ropa. Lo dicho, de parvulario.
La tercera parte, la Gipsy, paso de comentarla porque en Sevilla el concierto coincidía con la Bienal de Flamenco, y su particular homenaje a la cultura gitana no merece dos líneas. Sólo que la muy Perra, que así debería llamarse esta etapa, empezó a reírse del poco inglés que sabemos los españoles, que no respondían lo que ella quería cuando se dirigía al público. Y que en el videomontaje de Miles Away con Google Earth sale Coslada. La gente, emocionada. No puedo con la generación 2.0.
Que en la última parte, Rave Japonesa, predominara ella tocando la guitarra como una roquera vieja (que como gag hace dos giras, todavía, pero ya está durando demasiado), lo dice todo (Ray of Light, Hung up). Que Guy te dijera que estás muy mona con guitarra hace años no justifica que sigas agarrándote a ella. Tu marido no va a volver. Game Over, daarling, es hora de aceptar las arrugas.
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