miércoles, 10 de agosto de 2011

Monseñor, el anillo

Relato de verano
A mi adorado Terenci

1.

Estaba medio dormida en la piscina de la Complutense tostándome al sol sin protección cuando oí mi nombre de macho atronando por los altavoces: “Modesto Blas Infante acuda a recepción, Modesto Blas Infante acuda a recepción”. Por un momento, incorporé la llamada a filas en un sueño de sexo marcial de la Factoría Falcon, de esos que hacen que no te puedas incorporar en un rato, pero enseguida comprendí que el sudor y la baba que chorreaban en la toalla no eran nada lúbricos. Dejé a un lado el libro de Marta Robles, me hice un nudo balinés en el sharon que disimulara la cebolleta y me dirigí a recepción controlando que no se me fuera la cadera demasiado. Odio las piscinas, pero es que por muchos millones que Gallardón se haya gastado en la reforma del río, en Madrid la única playa que ha habido y habrá es la Costa Marrón: Parla, Fuenlabrada y Alcorcón.

“Una señora le está esperando en la enfermería”. ¿Una señora? Pero si era la mismísima Elena Benarronchas en cuerpo y… cuerpo. Sin dilación, le espeté “Creí que sólo dejaban entrar a licenciados en estas instalaciones”. “Qué te crees, mis guardaespaldas tienen título. Con dos euros más, entro como acompañante. ¿Y tú, cómo te has colado?”. “Me saqué el graduado escolar en la mili. Digamos que soy una mujer de recursos. Aunque de poco me ha servido: es la piscina menos erótica del todo Madrid, nada que ver con los baños de Lago”. “¿Llevas el nudo mal hecho o es que te alegras de verme?”. “Al grano, Elena, que nos conocemos. No creo que hayas venido hasta aquí para alabar los restos de mi masculinidad”. “ZP necesita tus servicios”. “Por qué debería dárselos, llevo ocho años en lista de espera de reasignación de sexo y aquí me tienes, empalmada y sin depilar”. Elena debe ser la única mujer obesa que huele a anoréxica: estábamos a tres metros y me estaba mareando. “Porque te gusta el cine clásico y el technicolor. Te pongo en antecedentes: “Los tres mosqueteros”, de George Sidney. Milady, una Lana Turner con una peluquería de infarto, ha robado una de las joyas de la Reina. El Cardenal Richelieu le ha pedido a la Reina que las luzca en el próximo baile para que se descubra que se las ha regalado a su amante.” “Pues no me veo yo mucho de Lana Turner, con este colorcito que tengo”. “No, Modesto, tú eres quien debe recuperar la joya”. “Hace años que nadie me llamaba así”.

Inciso a modo de flashback: Modesto era el nombre de mi padre, de mi abuelo y de todos los ancestros primogénitos de mi familia. A mí, por lo único que me gustaba era por el parecido con Modesty Blaise, mi heroína de comic favorita. Monica Vitti, aunque era rubia, la interpretó en los setenta en una adaptación al cine dirigida por Joseph Losey. Una superagente que cambia de modelito cada vez que cruza una puerta. ¿Hay algo que importe más? Con lo que no contaba era con que el pasado siempre vuelve, esta vez en forma de tres travestis mosqueteras que se hacen llamar mis amigas y que no tardaron en cambiarme La Modesty por La Brioche, en referencia a los brioches que me zampaba de pequeño en Barcelona cuando ya con cuatro añitos le preguntaba a mi madre “¿Puedo ir a la panadería a por un brioche, mamá? En fin, que la propuesta de Elena empezó a interesarme, no por mi fidelidad a ZP, aunque un príncipe destronado siempre me ha puesto muchísimo, sino porque al fin podía convertirme en esa James Bond en minifalda que siempre soñé ser. ¿Pero si yo iba a hacer las veces de D’Artagnan, quién era la reina de la historia y, sobre todo, quién era Milady y, aún más importante, quién las peinaría a ellas?

“No creas que no estamos al tanto de tus coqueteos con la derecha en este último año. ZP desconfiaba de ti pero yo, que soy mujer de izquierdas con afición por las pieles, sé que a veces puede resultar confuso. Qué me dices.” Intenté disimular el entusiasmo: “Ya sabes que desde que la Bodega empezó a cerrar plazas en el Orgullo, he vuelto a recuperar la fe en el socialismo.”

Y entonces me explicó la misión, que tenía mucho de fe, de orgullo y de socialismo. En su último viaje a España, a esa España que será emancipada o no será, el Papa Benet XVI, como allí le llaman, perdió un anillo en un lugar de dudoso nombre. Alguien lo encontró y lo puso a la venta en e-Bay. Rouco Varela, que es aficionado a la venta de joyas por catálogo, lo reconoció y empezó a pujar por él, discretamente, para no llamar la atención. Tenía pensado hacerse con el anillo, lucirlo en la próxima visita de Benedicto a Madrid y después contarlo todo en la COPE al más puro estilo intriga vaticana. El escándalo estaba servido. No obstante, cuando Rouco informó de su objetivo a Ana Bodega, uno de nuestros infiltrados en la concejalía de medio ambiente, ex de una gran-gran amiga mía para más inri, famosa en el Madrid de los osos sin madroños, se enteró de la trama y nos informó. Desde entonces, ZP empezó a doblar cada puja de Rouco. Sonsoles puso el grito en el anfiteatro segundo cuando descubrió la afición por las sortijas de su marido. “¿Qué les pasa a los expresidentes socialistas cuando dejan Moncloa? Las de Felipe por lo menos eran más zen, no tan barrocas”. “Contente, Sonso”, tuvo que tranquilizarla Elena, no sin antes ponerla al día de todo. “Tenéis a todo el Teatro Real a vuestro servicio, lo que sea por cerrar esa boca de rape de la Bodega”. Pero como siempre ocurre en la política y en el amor, cuando crees que lo tienes todo bien atado, acaba saltando la liebre: de repente, apareció un misterioso postor que fue quien se hizo con el anillo. “Nos hemos puesto en contacto con él vía Facebook y, aunque nos ha dejado muy claro que piensa votar a UPyD en las próximas elecciones, con tal de joder a la Bodega y a Rouco está dispuesto a colaborar con nosotros. Sólo ha puesto una condición: que seas tú quien recoja el anillo en Barcelona.” “¿Por qué yo?”. “No lo sabemos, sus instrucciones han sido muy crípticas: debes ir donde el corazón te lleve”. Venga, hasta luego.

Lo primero que hice cuando llegué a casa fue ponerme en contacto con mi amiga famosa en el Madrid de los osos sin madroños para comprobar la veracidad de la historia del infiltrado en medio-ambiente. “A mí no me preguntes, a los exes ni un tweet”. “Cuánto rencor, chica”. “Yo lo que quiero es estirar la pata y que alguien apague la luz”. “Tú lo que necesitas es un chulo que te devuelva la fe en el vello masculino”. “Eso se acabó, y ya no digo más na. Te dejo que empieza la final de Supervivientes”. Colgué preocupada. Lo que tiene esta mujer con Supervivientes no es normal.

Llamé a otra gran-gran amiga mía, Annabella de Vil, aprendiz de travesti o NATP (No aprendas tanto, pequeña), traductora en sus ratos libres. “Nena, llego a Sants en el AVE golfo, el de las 12:00 pm. No tienes por qué ir a recogerme, pero sería un detalle muy fino”.

Aprovechando las rebajas y el cheque en blanco de la Benarronchas, salí a buscar algunos trapitos de charnega agradecida (con nivel C de Catalán). Me compré tres polos en Armand Basi (cuatro hubiera resultado irracionalmente exuberante, ahora que parece que entramos en una segunda recesión), unos pantalones elegantosos y supertendencia en G-Star y unos zapatos como los que lleva el Marc Giró en uno de los vídeos de la TV3. En realidad, los zapatos me los había comprado antes de vérselos, pero por mucho que lo jurara nadie me creería.

El AVE Madrid-Barcelona ha marcado mi vida, casi tanto como a Magdalena Álvarez. Fue en Barcelona donde empecé a ponerme las tetas y será en Madrid donde, si Dios quiere y el Papa me da su bendición después de encontrar el anillo, mi cuerpo y mi alma se fundan en uno.

La Vil vive en Gracia, donde lleva una vida muy parecida a la de otra Annabella (la Sciorra) en Brooklyn, y no lo digo sólo por su papel en Jungle Fever. Como conoce mi fracaso con la dieta Dukan, me había preparado unos lomos de salmón (la Sirena) riquísimos a la plancha. Después de pimplarnos una botellita de blanco, llamé a La Paula. Soy de la opinión de que lo primero que hay que hacer cuando llegas a una ciudad es quedar con algún ex. Además, La Paula, desde que se ha retirado del ambiente, está más al día que nadie de todos los safareigs de Barcelona. Quedamos en el Gimlet de Sant Gervasi. Mi principal objetivo era averiguar el nombre del local donde Benet había perdido el anillo. No fue difícil sonsacárselo. El antro en cuestión era el Black Room, donde los domingos se celebra la fiesta Mr. Culazo (un concurso de culos). “Tú sabes algo más que no me estás contando, Pau, cariño, desembucha”. Las catalanas después de tres cócteles son muy deslenguadas. Después de cuatro gin-tónics, explicarle que en Madrid no tenemos camareras como la del Gimlet y repasar a todas nuestras amigas de la época del Campo, conseguí que cantara: supuestamente a Benet le llamaban “La chupete” en el Black Room y digamos que la noche de autos perdió el aro del chupete en santa parte del ganador al “Culito respingón de la noche”. Si la historia de Pau era cierta, el plan de Rouco se empezaba a poner de un color muy feo.

4 comentarios:

La fugitiva dijo...

Maravilla. Jajaja.

P dijo...

Gracias, nena: "Menos rosarios y más bolas chinas"

Anónimo dijo...

Pero qué risa, tía Luisa. Adolfo.

P dijo...

Qué te gusta a ti una Ruperta, Mandun...

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