martes, 18 de julio de 2017

Lo que tú digas, Lloyd

Si hay algo peor que un camarero que no pruebe la bebida, es un camarero cinéfilo. El mío lo conservo porque, a diferencia de Jack Torrance, no me importa saber quién me invita a una copa. Cuando acecha el jefe, le paso un billete y él me devuelve el cambio sin cobrarme nada. Por eso, le perdono todos los spoilers del mundo:

Okja (Bong Joo-Uh)


Lloyd: La película que vuelve vegetariano a la gente que la ve. Trata de la cría transgénica de una supercerda que da jamones de 1 tonelada de peso.

Servidor: Supongo que se inspiró viendo el último concierto de Mariah Carey en Las Vegas.

Lloyd: Con esa lengua nunca serás vegetariano.

Servidor: ¿Y te gustó?

Lloyd: Me hizo pensar cómo alguien que hace una maravilla como Snowpiercer puede hacer una bazofia como esta.

2:22 (Pau Currie)


Lloyd: Sin comentarios.

Servidor: Estás en racha.

The lost city of Z (James Gray)


Lloyd: Me dieron muchas ganas de ver King Arthur (Guy Ritchie).

Servidor: Ya me lo has dicho todo. Pero la crítica adora a Gray.

Lloyd: Dicen que Brad Pitt (productor) se lió con Sienna Miller en el rodaje.

Servidor: Ya me lo has dicho todo.

Lloyd: Creo que se le espera en Mallorca este verano (a Brad).

Servidor: Tengo que hablar con mi hermano.

The Love Witch (Anna Biller)


Lloyd: Fui a verla en sesión doble con Prevenge al Círculo de Bellas Artes.

Servidor: Dicen que es la Tarantino feminista.

Lloyd: Es empalagosa, ciertamente.

Servidor: El cartel me encanta.

Lloyd: Los primeros 10 minutos. Luego se desinfla.

Servidor: Es lo que tiene la ironía.

Wonder Woman (Patty Jenkins)


Servidor: Qué feminista te veo.

Lloyd: Bueno, no me imagino a Superman gritando “I believe in love” en la escena cumbre.

Servidor: Uy, como Madonna en Express Yourself.

Lloyd: Pues en esa línea.

Servidor: A mí me encanta la voz de Chris Pine.

Lloyd: Pues chúpale.

Before the fall (Byrum Geisler)


Lloyd: Es una versión gay de Orgullo y prejuicio. Pero con las clases cambiadas. Aquí Darcy es el pobre al que le hacen favores.

Servidor: Hombre, yo también le haría un par de favores.

Song to song (Terrence Malick)


Servidor: Qué valor.

Lloyd: Ninguno, solo aguanté 10 minutos.

Servidor: 7 de 7. No te ha gustado ninguna. Eres como el reverso tenebroso de "Todas las canciones de amor hablan de mí".

Lloyd: Qué pesado estás con Trueba Jr.

miércoles, 12 de julio de 2017

Carmena, nunca te lo agradeceré lo bastante

"Astuto esclavo, yo lágrimas no vertí,
Mas puedo entenderlas…"
(Pushkin)

Lo único que me gusta de Madrid es que ya casi no quedan insectos. De vez en cuando encuentran alguno y sale en el periódico: una araña prehistórica de una especie nativa de América llegada en una maleta llena de sueños de reconquista o un mosquito antediluviano de esos que todavía pide sopa para cenar. Yo creo que no son más que leyendas urbanas, como la de los cocodrilos mutantes que contaba Pynchon que campaban a sus anchas en las alcantarillas de Nueva York o la de que George Michael no ha muerto y lleva meses hospedado en el Palace de Madrid enganchado al Grindr sin pisar la calle.

La última familia de insectos de la que se tiene constancia son las chinches de Lavapiés, que fueron una tarde de agosto de hace dos años a la Filmoteca a ver “Los exiliados románticos” de Jonás Trueba y nunca más se supo.

Menos las chinches, que se vieron implicadas en una trama política de funcionarios chupópteros que ríete tú de House of Cards, el resto de insectos huyeron a la provincia. Hoy día, con Amazon, ya no es necesario vivir en la gran ciudad.

Servidor, que ha sido muy chinche con Madrid, quiere ser también un exiliado romántico, no en el sentido del que busca el amor, sino del exilio byroniano, excluido y solitario.

Luego me entero de que en enero de 2018, la fecha elegida para el exilio, empiezan las obras de peatonalización de Gran Vía. Un horror de proyecto que va a convertir a la histórica calle, pintarrajeada, putona y vieja, en una calle suburbana, aséptica y cateta para pasear carritos de bebé. Carmena...



sábado, 1 de julio de 2017

Bailad, bailad, malditos



“Bosé, Cámara y Poveda se van a celebrar el Orgullo y contratan como canguros a las madres biológicas de sus hijos (porque ellas también tienen derecho a disfrutar)”

Se han producido en los últimos años algunos acontecimientos en la cultura gay (ya sé que últimamente es un oxímoron: llámese subcultura, tribu urbana, ambiente, gueto, por favor, cualquier cosa que no vaya con un hashtag), entre otros, el movimiento a favor del PrEP (la pastilla de prevención del VIH); el Grindr y otras aplicaciones de ligoteo; los bares de sexo o fetish; el documental Chem Sex y las sex parties; las películas Theo & Hugo, París 5:59 y Forth man out; las series When we rise, Looking o Cucumber; la novela Tan poca vida (aunque no conozco a nadie que la haya terminado, los gays ya solo leemos el Vanitatis); o la decadencia de la alfombra roja de la Gala del Met, por nombrar unos pocos, que hacen necesario crear una nueva taxonomía de lo gay.

El otro día, discutía con un amigo cuándo empezó la decadencia del mariconismo “as we know it”. Él decía que con la aparición de la triterapia (mediados de los noventa), yo creo que fue algo más tarde, con la aparición del Grindr y el 4G (2010), más que nada porque lo de la triterapia fue un proceso gradual (hace solo diez años, la prensa afirmaba que la esperanza media de vida de un seropositivo era de 25 años desde el diagnóstico) y porque tristemente ha sido la geolocalización la que ha que realmente ha vuelto locas a las mariconas. El dicho de das más vueltas que un maricón en una feria ha tenido un reverso Black Mirror con Google Maps que da miedo.

La marica es un animal creado para la ansiedad. El mariconismo crea unas expectativas imposibles de cumplir (conseguir el “six-pack” de abdominales; viajar, vestir y decorar mejor que nadie; perder la pluma; follar todos los días como un loco sin condón; ser madre) que solo provocan frustración (adicciones, depresión, negación del problema) y soledad. Y todo con muy poca autocrítica. El capitalismo le ha elegido como su niño mimado: por su ultraindividualismo, su deseo de demostrar algo, su rechazo a todo lo tradicional y su creencia en las promesas del progreso. Se habla mucho del “bullying” sufrido por los maricones, pero muy poco de su condición de niños mimados y consentidos. Primero por sus madres y luego por el capitalismo, que fuerza la máquina con ellos como en la película aquella de Bailad, bailad, malditos.

Pero volviendo al Grindr, yo clasificaría a los gays en tres grupos: los post-Grindr, los gays “normales” y los pre-Grindr, aunque ya se sabe que la marica es muy líquida y todas participarían un poco de todos los grupos. Estos a su vez se dividen en otros subgrupos. Vamos a verlos:

·        Los post-Grindr


Son aquellos que reclaman nuevos espacios de referencia fuera de la heteronormatividad, donde no se vean raras las parejas abiertas, el poliamor, etc. Hoy día, Grindr forma parte del ADN de cualquier gay, aunque no es la única aplicación: están enganchados a Instagram, el Snapchat, Facebook, cualquier foro donde ver y ser vistos. Tienen una necesidad constante de aprobación y muchas adicciones, sobre todo al sexo.

Últimamente, hay una corriente anglosajona que está empezando a llegar por estos lares (el otro día ya vi un reportaje en TV3) de victimismo para justificar el puterío, rollo sufrí mucho “bullying”, me gritaban maricón en el colegio y por eso me pincho y me gusta que me follen diez tíos a la vez, uno detrás de otro, que como decía Lola Flores, que si eso les da la paz, pues viva ese señor, pero tengo yo una amiga a la que le decían Falconetti de pequeña en el colegio porque llevaba un parche en el ojo y no va por ahí ciega de Poppers, multipenetrada y bebiéndose meados ajenos, aunque como bien decía Ignacio González, no pongo yo la mano en el fuego por nadie, ni siquiera por mí.

Está muy de moda sacar encuestas de suicidios entre los gays y los resultados demuestran que, por muy integrados que estén socialmente, las tasas siguen siendo muy altas. Personalmente, creo que el suicidio es una cosa muy íntima de la persona y eso tampoco demuestra nada.

Hay dos tipos de post-Grindr:

       Los seropositivos (La condición que no osa decir su nombre)

Para ellos Grindr es un mal menor, quiero decir, que no les encanta, pero tampoco le hacen ascos. En realidad, están viviendo los años 90 “all over again”. Han vuelto a un nuevo tipo de armario, el del seroestado, han encontrado un nuevo espacio de solidaridad y están viviendo un nuevo gueto. Por supuesto que tienen sus contras: son los que más sufren la discriminación y no hay forma de quitarse el estigma de enfermedad sexual que acarrea el VIH desde sus inicios, tanto que a pesar de constituir el 30% de la población gay en ciudades como Madrid, sigue habiendo un silencio y un “denial” por parte del “mainstream” que hace que, por ejemplo, la propia organización del Orgullo de este año se haya negado a repartir condones porque es una ocasión de reivindicación de la fiesta (no de las enfermedades, a pesar del brote de hepatitis A que lleva varios meses y sobre el que no hay ni vacunas en las farmacias).

       Los PpEP (Ellos lo quieren todo)

Son las maricas que no quieren utilizar preservativo, y están en todo su derecho, vaya eso por delante, pero es que luego son muy guarrillas. No hay nada que les importe más que el Grindr, por lo que tienden a cosificar a las personas y a ser un pelín utilitarios. Algunos dicen que los heteros ya están igual con el Tindr, aunque no conozco muchas reuniones de “fistfucking” hetero, que no es por de criticar, que soy muy liberal and “I had my share”, pero tampoco creo que haya que llamarlo poliamor. Además, son un poco prepotentes y “winners”, y se creen con todo el derecho de ir esparciendo su semen como si fuera kéfir.

·        Los gays normales (Cómo ser marica y no morir en el intento)

Si hay algo que odian es la palabra heteronormatividad. También la pluma y lo tristes y deprimentes que son todas las películas gays. Tienen una actitud avestruz con el VIH, de: a) no existe o b) en realidad una diabetes es peor. Su película favorita es Fourth man out y su lema: normalidad ante todo. Sienten que la lucha por los derechos gays terminó con la ley de matrimonio (véase el episodio 4 de When we rise) y, de hecho, consideran la subrogación como un premio que la sociedad da a aquellos que han tenido éxito, algo así como un bonus track para superar la crisis de los cuarenta. No necesitan ni doula para perder los escrúpulos por comprar un niño. Otros están incluso en contra de la adopción. No se creen las tasas de suicidio entre gays y utilizan Grindr ocasionalmente. Están más que satisfechos con la cuota gay de Netflix y creen mucho en los algoritmos. En realidad, son los más inseguros, porque la normalidad es algo muy complicado.

·         Los pre-Grindr (Los reyes del Glam)

Se han quedado en el 73, con Bowie y T-Rex. Son tan antiguos que todavía se creen que la gente se queda ciega con el SIDA. Estamos en junio y todavía no han superado la muerte de George Michael. Odian Grindr, que ven tan sórdido como los baños públicos, y son neoluditas hasta la médula: están en contra de las compras por Internet, las sábanas de los airbnb, las conversaciones de uber… Son excesivamente nostálgicos, creen que un poquito de bullying y discriminación no hacen mal a nadie, al contrario, fortalece, que el armario dignifica y, cómo no, están enganchadísimos al porno. Son inmaduros y reticentes a los cambios.

Incluyen un subgrupo extremista que podemos llamar los Gay-Terror (no confundir con el gay panic o supuesto ataque de pánico que le daba a los heteros ante una insinuación de un gay y se consideraba atenuante en casos de asesinato, véase el episodio 6 de Cucumber). Cada vez hay más gays jóvenes que, ante lo que ven fuera, prefieren quedarse en el armario y hacerse raperos o surferos.

 En fin, que feliz orgullo a todos ellos

lunes, 19 de junio de 2017

Trepas, gorrones, emprendedores y folladores


En un mundo donde, como dice Rendueles (pincha aquí para leer la entrevista completa),la pertenencia a redes sociales laxas, múltiples, intermitentes y marcadas por el nihilismo se percibe como un signo de salud mental”, insisto, hay que volver al Old Fashioned. 

La única pega que le pongo a las teorías de Rendueles es su defensa de Freud, que nunca ha sido santo de mi devoción. Servidor se ha vuelto cartesiano: bebo, luego existo.

Eso sí, comparto con Rendueles su vuelta a los valores tradicionales, la familia y la iglesia. Viva lo prefreudiano y lo cuadriculado, el elitismo, la culpabilidad, la timidez y la caligrafía.

Si echáis un vistazo al Facebook, una cosa que ha desaparecido son los grupos de cuatro amigos típicos del siglo XX. Hoy la amistad es utilitaria y oportunista y básicamente se da en grupos de dos (interés) o de ocho (coyuntura). 

Así que brindo por los amigos tóxicos (gente que sufre, que no es inteligente emocionalmente, que no se quiere o que ama demasiado), porque si solo nos comparamos con las biografías de Instagram, corremos el riesgo de acabar como Paula Echevarría esta semana (esa dicotomía entre la fachada y lo que toda España sabe que hay detrás de las fotos, cínicamente ejemplificada en los dos vestidos de comunión que ha estrenado su hija).

Hemos dejado que técnicos informáticos negados para las relaciones humanas dicten cómo debemos relacionarnos, pero parafraseando a Benjamin todavía estamos a tiempo de frenar esa locomotora, de bajarnos de la burra, de vernos la chepa… Más autocrítica y menos autoayuda.

Frente a la vitalidad crónica de una bailarina de ballet, el saludable aburrimiento de una gogó.

Y una cosa os digo: la gente no folla tanto como parece. En alguna barra he oído que en Madrid hay cada vez más casos de impotencia. Empieza a ser preocupante.  


video

lunes, 12 de junio de 2017

When even drag is a drag

Prior Walter: "Oh my queen; you know you've hit rock-bottom when even drag is a drag."

(Angels in America, Tony Kushner)










 

jueves, 8 de junio de 2017

Make it another Old Fashioned, please

Esto es lo que yo llamo un entreacto. Ha pasado casi un año y medio desde la última entrada. Como decía Marilyn: “It really makes a girl think!”
¿Qué ha cambiado? Mucho, todo. Este blog, que nació rosa, epidérmico, con un brindis mañanero por la exuberancia irracional, se fue oscureciendo con los años y ahora vuelve gris, vespertino, casi reminiscente. Como decía Lina Morgan: “Cómo se estropean los cuerpos, hija”.
Lo que empezó siendo una reivindicación de los activos de Internet (completando filmografías de clásicos), la burbuja del todo es posible dans le big city (teatro, restaurantes, mentideros varios) y la especulación de la noche (ad nauseam), quiere convertirse ahora en un rincón para la reflexión del conocimiento adquirido, es decir, de conversación de barra de bar mientras fuera cae el sol. Contra algoritmos, fotografías con filtros y perfiles planos, el corazón que no se atreve a dar su móvil. Como decía Cioran: “El deber de un hombre solo es estar aún más solo”.
Por eso ahora el brindis se ha vuelto Old Fashioned, que es un cóctel más reposado, de afterwork (de amor perdido), que mezcla el bourbon con el dulce del azúcar y el amargo de la angostura. Admite variantes: mi favorita, el Antiquato, que es como lo bautizó Kingsley Amis al darle su toque personal de Amaretto. Como cantaba María Jiménez: “Bebiendo el dulce y el amargo de tus labios impacientes”.
Contra el planeta de los simios con teléfono, alzo mi copa por todo lo pasado de moda y anticuado: apilar libros, repetir películas en blanco y negro, hacer spoilers; el circo, el zoo, la barra del bar; el pundonor, el bochorno y la vergüenza ajena; los discos duros, el dvd, el iPod, la chatarra; el aftershave, la leche condensada, Julio Iglesias; el pensamiento concatenado; no reconocerse en las fotos, mucho menos etiquetarlas; los cadáveres y los mausoleos exquisitos; Passolinni y la ducha (fría) de clases; the computer says no. Como cantaban los Chunguitos: “Si me das a elegir entre tú y mis ideas, me quedo contigo”.
Aunque Madrid se ha vuelto una paliza constante y con las redes nos ha quedado una noche de mierda a los noctívagos, espero no perder en el camino la querencia por la veleidad (mis palabras favoritas en castellano siguen siendo Junior Suite). Como cantaba Joni Mitchell: “If you want me, I’ll be at the bar”.

Adiós, Champán y zumo de naranja. Hola, Old Fashioned



Lo que tú digas, Lloyd

Si hay algo peor que un camarero que no pruebe la bebida, es un camarero cinéfilo. El mío lo conservo porque, a diferencia de Jack Torrance,...