
Me fui con un resfriado que cogí con el aire acondicionado de un avión de Delta Airlines, antesala de todos aires acondicionados que iba a sufrir los días de N.Y., y ha sido otro resfriado que he cogido hoy, a veces el cuerpo tiene que tirar de uno, el que cierra el ciclo de la aventura americana, ahora que no parece tan aventura, que las fotos vuelven a parecer hechas en un decorado, como siempre me pareció esa ciudad, ni tan americana, pues este mes ha sido una mezcla de dos ciudades: sensaciones de allí que han perdurado aquí y otras de aquí que aún no sé donde ubicar.
He vuelto al Cock gracias a un collage, me he sentido en New Jersey en la Boîte, he aprendido a diferenciar un cover de un swing sin necesidad de volver a Broadway, y he paseado Brooklyn de nuevo sin salir de casa gracias a Wayne Wang.
“Normality is the gentrification of ordinary madness” dice Hanif Kureishi en su última novela (Something to tell you, Faber & Faber) : la normalidad es la gentrificación de la locura común, el aburguesamiento de la conciencia surrealista.
La vuelta de las vacaciones es un poco así, incluso para aquellos a los que de niños nos encantaba la vuelta al cole… los niños obedientes, los que sólo quieren complacer a sus padres y se convierten en lo que Winnicott denomina un falso self.
Frente a la normalidad, la verosimilitud. Hay gente que se ha apropiado de la verosimilitud, pero no les pertenece. Como dice Belén Gopegui (Un pistoletazo en medio de un concierto, Editorial Complutense): hay que tener cuidado con los okupas de la verosimilitud. Es un poco lo que Pepa dice en Mujeres al borde de un ataque de nervios: “En mi casa colaboro con quien me da la gana”. Pues eso, que si quieres alargar tus vacaciones, no luches contra el jetlag.
Nosotros, los niños a los que nos encantaba volver al cole, nos refugiábamos en esa falsa normalidad porque en el fondo nos sentíamos muy surrealistas. En fin, creo que me está subiendo la fiebre.