viernes, 8 de abril de 2011

Mascotas

Nos conocimos como Tippi Hedren y Rod Taylor en “Los pájaros”: en una tienda de animales. Me di cuenta de que sobreviviríamos a cualquier ataque de la naturaleza cuando me cedió el paso en la puerta, tanto que luego tuve que corresponder cediéndole yo el turno porque me sentía culpable de que me atendieran primero, cuando él había llegado claramente antes. Mentiría si dijera que no era mi primera vez en una tienda de animales. Últimamente me sentía más solo que de costumbre y no sé qué estúpida cadena de razonamientos me había llevado a pensar que unos peces tropicales podían ser la solución, sólo que entre ellos estaba la imagen de un pez que se convertía en anfibio en una serie evolucionista de dibujos animados que me marcó en la infancia, la idea de que cuidar de un pez es lo más parecido a regar una planta y, me temo que anulando todo lo anterior, la certeza inconfesable de que lo que en realidad me gustaban eran las peceras, no los peces, y que mi soledad no tenía ya remedio, sólo sentido. Por supuesto, no aceptó.

Le expliqué a la dependienta que los peces eran para mi hermana pequeña, que cumplía años al día siguiente, e instantáneamente comprendí que el homenaje a Hitchcock era la peor mentira de la que podía haber echado mano. Una hermana no es algo que puedas ocultar en una relación. Se hizo un silencio incómodo cuando la señora fue a buscarlos, que desgraciadamente no se volvió más mullido cuando dije “No hacía tanta calor desde la Semana Trágica”. Él me refrescó con esa sonrisa que tienen algunos hombres que parece que están solos delante del espejo cuando sonríen. E insistí: “Ayer me quedé dormido en la playa. Por eso me he quemado la cara”.

Salí casi corriendo de la tienda con una bolsa llena de agua donde malnadaban tres peces de colores y no me di cuenta de la sonrisa –reflejo de la suya: los amantes se acaban pareciendo con los años- que debía llevar estampada en la cara hasta que un niño pequeño que iba de la mano de su madre me sacó la lengua.

Dos días más tarde nos cruzamos por la calle. Llevaba las mismas bermudas dos tallas más grandes, que le caían dejando entrever los calzoncillos cuando se le movía la camiseta, e iba paseando a su perro. Era un perro feo con cara de asesino, pero me pareció el más bonito del mundo. Me reconoció y me saludó alzando la mano que tenía libre. Hice lo propio al tiempo que se me ocurrió comprarle una correa para el perro. Lo pensé antes de que se me acercara y habláramos de mi cara, menos roja, y de Pep, por Pep Guardiola, al que le encantaba morderse la correa y lamerme los zapatos. Me contó que estaba enamorado del barrio desde que leyó “La catedral del mar” y, bajando la mirada a sus gemelos, pensé que, afortunadamente, no se puede tener todo en esta vida.

Cuando volví a la tienda a comprar la correa para Pep, el aire enrarecido y maloliente del local me dio una bofetada que casi me tira al suelo. Tuvo que pasar un buen rato hasta que empecé a reconocer que me encontraba en el mismo establecimiento que hacía dos días. Resulta curiosa la capacidad de un flechazo para obturar las fosas nasales. La dependienta me miró con cara de cómplice cuando le pedí la correa roja que tenía expuesta en la vitrina del mostrador, como si no fuera la primera vez que alguien hacía lo que yo estaba haciendo, así que desistí de pedirle que me la envolviera para regalo para no levantar más sospechas que el inevitable rubor de mi cara, imperceptible con el bronceado, y paré de vuelta a casa en un chino a comprar un papel de regalo ecológico.

Las semanas que siguieron fueron las típicas escenas de desencuentros de las películas, en las que si salía a dar una vuelta con el paquete en la mochila no me lo encontraba, y sí lo hacía si bajaba al mercado a hacer la compra o me pillaba volviendo del gimnasio o de la playa; un verano extraño en el que me sentí menos solo, no sé si por la compañía de los peces o la expectación del encuentro o las conversaciones banales que mantuvimos.

Cuando por fin llegó el día, la idea de regalarle la correa dejó de parecerme tan buena. Es lo malo de las ideas, que una vez se te ocurren, es imposible borrarlas. Puedes desecharlas, pero eso es lo mismo que aceptar que te has equivocado, que no tienes talento o que simplemente deberías dedicarte a otra cosa. Estaba sentado solo en una terraza, sin Pep, tomando una cerveza. Llevaba las bermudas de siempre y una camiseta que decía “Who the fuck is Mick Jagger”. A medida que me acercaba, la mochila (o quizás la vergüenza) empezó a pesarme más y más, tanto que para cuando llegué parecía que llevaba veinte correas en vez de una. Empezamos a hablar de cualquier cosa. Alguna tontería tuve que decir porque se le dibujó en la cara una sonrisa que deberían utilizar en los aeropuertos para desactivar bombas. Empecé a descolgarme la mochila cuando por fin me di cuenta de que no era yo el terrorista a quien iba dirigida la sonrisa. Una rubia con pinta de guiri acababa de salir del bar y se acercaba con paso decidido a nuestra mesa. Me la presentó. Era su novia y, ahora que lo pienso, se daba un aire a Tippi Hedren. Volví a colgarme la mochila que, de pronto, no pesaba nada, y, aferrándome a la extraña sensación de alivio que me producía el asa, les expliqué que tenía que irme porque había quedado con mi hermana. De vuelta a casa, me dije que no puede ser que mi hermana no sepa quién es Mick Jagger. Ya sé qué regalarle para su próximo cumpleaños.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que sí, que también nos gustan (y mucho) tus relatos! :))))))

Pero cuando te pones oooOOooOOOooOOooo...

Paco.

Anónimo dijo...

Qué fresquito y qué romántico, nene.
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